Como todas las tardes después de la jornada laboral, acudíamos sin falta al Mesón Fabrilo, sito en la calle Arizala nº 11 de Barcelona, junto al Nou Camp, estadio de futbol de mi odiado Barça.
Todos llegábamos con sed y exigiendo las cervezas del descanso del guerrero a un Fabri que nunca sabré si por la gravedad o por estética sui géneris, nos miraba por encima de unas gafas acomodadas en el extremo de la nariz y seguramente auto consolándose, pensando que hoy si… hoy serán buenos, hoy no se emborrachará ninguno, hoy se marcharán habiéndomelo pagado todo...
En este bar mesón nos sentíamos y estábamos como en casa por la confianza adquirida por el tiempo juntos y por el cariño por y para el paisanaje de los miembros del grupo que incluyendo a los que regentaban el local, teníamos algo que ver con La Mancha, lugar del que nosotros si queríamos acordarnos.
Aquella tarde estábamos presentes unos diez o doce individuos divididos en subgrupos de cuatro o cinco y ocupando en la barra el lugar que más apeteciese, según la conversación. El relato se centra en el subgrupo compuesto por una pareja de carteros que por sus diferentes tamaños parecían el punto y la i: Paco, un tragaldabas que medía poco más de uno cincuenta, con la boca y la sonrisa del muñeco del Netol, que merendaba dos o tres veces cada tarde y que todos nos preguntábamos donde metía tanta comida, su compañero Tachenko, apodado así porque medía dos metros y nueve centímetros, en aquella época había un jugador de básquet gigantesco en el T.S.K. de Moscú que además del tamaño tenia la misma caída de ojos que Jesús, así es como realmente se llama el nenico. Lo de la caída de ojos era porque siempre estaban cerrados, no se sabía por dónde miraba y daba la sensación de estar siempre dormido. Este Tachenko también estaba obsesionado con la comida, hasta el punto de ser asqueroso y repelente, además: tenía la habilidad de emitir eructos descomunales, impertinentes y a destiempo, recibidos según él, del más allá. Estaba también Alfonso Montsó (el apellido está bien escrito), uno de los pocos que aunque catalán, se identificaba con la causa manchega, que por otra parte, no era ninguna en especial. Buen chaval, soñador, inventor de fracasos, en todos los proyectos de negocio veía mucho dinero, a perder claro. Digo que es buen chaval porque yo me veo reflejado en él muchas veces, sobre todo con los negocios. Félix: un personaje único, dueño de una habilidad y rapidez mental exageradas, compinche mío en la ejecución de las mil y una putadas a terceros y socio junto a Fábri en el bar mesón donde nos situamos. Benito: un gallo enano americano de pelea que habitaba en una jaula expuesta en el umbral de la puerta del negocio. Pelear con los de su especie, imposible, nunca vio más aves que las del menú, su pelea era con el que se atreviera a llenarle el comedero y reponerle el agua. Solían ser los dueños por las señales que lucían cada dos días en las manos.
Aquella tarde se jugaba un partido de la Champions y decidimos disfrutarlo en el salón de arriba junto a unos buenos platos de jamón, queso manchego, choricitos, vino decente, etc. Comanda que a la hora de sumar era un piquito para que lo pagara solamente uno. Solíamos jugarnos la ronda a los chinos, juego para el que Paco estaba negado y siempre perdía. Al verse entre las cuerdas y después de pedir otro plato de croquetas nos dice:… “escuchad: ¿Qué os parecería si hoy en vez de jugarnos esta ronda a los chinos lo hiciéramos como una vez vi en mi pueblo?….fue una pasada y seguirían pagando dos, que es de lo que se trata”. Cuéntanos como es el juego y ya veremos, le contesté. Después de relatarnos las normas, accedimos.
Se trataba de que dos de los cinco que estábamos en la mesa salieran elegidos por sorteo. Rompiendo cinco palillos, los dos de menor tamaño quedaban excluidos del pago de la factura a cambio de hacer un numerito con el fin de hacerle reír al resto. Les tocó actuar a los dos carteros: Tachenko se ponía de pie encima de la mesa mientras dejaba caer sus pantalones y los gallumbos (calzoncillos) hasta los tobillos. Paco fue a arrancarle una pluma al gallo Benito, que estaba echando la tarde tan tranquilo viendo a la gente pasar. Consiguió la pluma, pero no a bajo costo (el cabrón del gallo le labró la mano con cinco o seis surcos sangrantes). Una vez arriba y siempre evitando que viera la escena Fábri, nos pusimos a la faena. Os sitúo: El gigante subido en la mesa mostrando un culazo blanco, a la vez que peludo y unos atributos a los que no pondré adjetivos, semi agachado, reposando la mole con las manos en las rodillas. Paco con la pluma entre los dientes y las manos atrás. Félix, Alfonso, y yo alrededor de la mesa, apretando maxilar para evitar la más leve de las sonrisas (pagarían la ronda los dos primeros que perdieran el rictus de seriedad y ochenta euros eran cosa seria en aquellos tiempos). Paco empezó a subir y bajar la pluma (entre los dientes, repito) desde la rabadilla del culo hasta los cojones de Tachenko arriba….abajo…Nosotros tres seguíamos mirándonos más serios que estacas, cuando veo a Tachenko esbozar una especie de sonrisa (ellos dos si podían reír) mezclada de esfuerzo, en una palabra: el gesto del cagador con el propósito de tirarle un pedo al plumífero. No sé cómo pude aguantar hasta ese momento. Cómo me llegaron a doler las mandíbulas de tanto apretarlas. Cuando de repente… pruuuurrrfffff (disculpas por la onomatopeya, el día que enseñaron esta en el cole yo no fui). El gigante soltó el fruto de sus esfuerzos, además con generosidad: el pedo de ruido raquítico iba acompañado de materia, tirando a líquida, pero al fin y al cabo materia, barro inglés, diarrea que fue repartida por partes iguales entre el chorreo en la pierna de Tachenko, parte de la mesa, la camisa y la cara del pobre Paco a modo de disparo con cartucho de postas. “Ahh... hijo de la gran puta….te mato cabrón… te mato”, gritaba Paco como un loco mientras se hacía con una silla para cumplir sus amenazas. “Perdona hombre….se me ha escapado”, intentó decir Tachenko antes de caer de bruces, no le dio tiempo a subirse los pantalones y le hicieron el efecto de unos grilletes al querer salir corriendo. “¿Qué coño hacéis ahí arriba, atajo de cafres?”....preguntó Fábri, al oír el talegazo que pegó el nene al caer. Félix: “!! Coño…mi cuñao!!, que no suba, que no vea esta mierda…entretenlo , Alfonso ,baja y entretenlo…por Dios”, mientras corría a los servicios en busca de la fregona. A mí me quedó la misión de sujetar y apaciguar a Paco hasta que Tachenko pudiera huir. Félix adecentó un poco la mesa y alrededores, Paco intentó asearse en el baño, mientras Alfonso y yo le dábamos palique contándole a Fábri lo incontable. Aquella tarde nos reímos todos, menos el de la pluma y pagamos entre los tres (muy a gusto, es un recuerdo impagable). A la mañana siguiente Paco y Tachenko se vieron en el trabajo como cada día y sobre las siete de la tarde acudíamos de nuevo al Mesón Fabrilo pasando por delante del orgulloso Benito a reclamar las cervezas del descanso del guerrero al mesonero que nos miraba por encima de las gafas.
Había pasado ya más de año y medio y todavía, cuando llegaba Paco se escuchaba: “joder …que peste… ¿Quién sa’cagao?....un poco de formalidad hostia…..que hay gente comiendo……parece mentira….” A lo que el aludido contestaba con gran voz y pequeño tamaño: “hijos de puta….ya queréis darme la tarde”. Pasaron dos años y para sacarle un hijoputa amenazante a Paco sólo había que sonreírle.
MORALEJA: no inventes lo que ya esta inventado y no mezcles jamón, queso, vino y mierda.